«Las relaciones de sucesos» ocasionales, popularizadas desde mediados del siglo XVI y que viven su auge entre finales del XVI y del XVII pese a haber sido el género literario más «popular» y accesible de la época, las «relaciones» no han despertado el interés de la historiografía española hasta fechas recientes, coincidiendo con el éxito de la historia socio-cultural y de las mentalidades. Su uso es todavía incipiente para el estudio de la política por lo poco fiable de sus datos; sin embargo, se presta mejor para reconstruir el pensamiento y la opinión pública. Queda mucho por conocer e investigar de estos textos, aún sin catalogar completamente y de los que siguen apareciendo nuevos ejemplares, porque fueron obras de consumo inmediato y baja calidad, despreciadas en las grandes bibliotecas.
Haber encontrado unas cartas de un pirata de la época de la colonia en el viejo camino de los españoles del Ávila en mis correrías de scout en los años sesenta, luego de no hallar ni el tesoro, ni de haber hecho uso de las cartas como documento histórico cultural de la ciudad capital, Caracas, por razones de secrecía, perdidas a lo largo del tiempo al haber sido sustraídas de mi peculio de manera furtiva poco antes de mi partida de esa ciudad en 1973, decidí develar lo que ha sido quizás mi más grande secreto hasta ahora, y reconstruir la actuación de un personaje que llevaba mi nombre como apellido, antes que mis neuronas dejen de funcionar correctamente por falta de oxigenación y la edad.
Por ser una relación de sucesos, una crónica, narración épica, un cuento, no se incluyen referencias bibliográficas, para seguir el género ficcional y la verosimilitud científica; pero en cambio, un investigador historiográfico encontrará que todos los personajes y sus peripecias son susceptibles de ser encontrados en los lugares y momentos que en la narrativa se mencionan. Quiera Dios que el tesoro sea encontrado por alguien, y así haya descanso para las almas atadas al mismo, así como le otorgue a ese alguno la fama riqueza y fortuna que no pude lograr por ese medio.
Como en buena parte de las epopeyas o mitos heroicos, el periplo y la batalla son los escenarios predilectos en que el héroe se desempeña. Allí hacen presencia los amigos, las malas compañías, las tentaciones y los avatares del clima que en algunos momentos parecerían ser más fuertes que aquel héroe, quien pese a las innumerables adversidades que enfrenta desde el momento en el cual sale de casa, consigue el anhelado triunfo. Pero con éste no acaba la epopeya, pues de regreso surgen nuevos obstáculos. Sin embargo, éstos son sobrepasados con valor y finalmente se produce el retorno a la patria.
En contra de lo que muchos piensan, la realización de un estudio en torno a la forma, no necesariamente implica el rechazo hacia aquellos trabajos que se ocupan del contenido. Es sencillamente una propuesta distinta de aproximación a los textos, que producto del desconocimiento, ha encontrado pocos adeptos entre los historiadores americanos, que con contadas excepciones, se han mostrado más bien renuentes a la aceptación de sus aportes. Así pues, aunque parezca curioso que en pleno siglo XVIII un capitán “boucanier” francés escribiera una relación que “…trata de apegarse a la narración de los hechos acaecidos”, la influencia ejercida por el Arte Poética de Boileau y el arbitrio de la corona, explican el ahínco que puso el bucanero al representarse como un marinero de la antigüedad, que mediante una gran osadía buscaba sumarse a la trina de Teseo, Odiseo y Jasón.
Ejercicios como el presente, podrían ayudar a demostrar que en el seno de ésta corriente, no hay más que una preocupación legítima por la génesis del pensamiento a partir del lenguaje. ¿Acaso no hace esto parte de la Historia? Es cierto que el estudio de lo acaecido, además de las facilidades que el análisis discursivo proporciona al trabajo hermenéutico, permite una comprensión de la historia y sobre todo de la historiografía, más tendiente al holismo. No obstante, una aproximación meramente “formalista”, no necesariamente relativiza el valor cognitivo de las labores historiográficas y de ser así, hace falta darse a la tarea de demostrarlo en la práctica.
Prof. Daniel Urbina
P.S. Revisado el texto creo conveniente enunciar que hay una mezcla de la narrativa tanto del Señor de Clos, como mía, producto quizás de la dificultad de interpretación de la copia del manuscrito.
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