El pobre sacerdote no osó rehusar, de suerte que mandaron a buscar los receptáculos sagrados y se improvisó un altar en la toldilla, debajo de una tienda. El principio de la misa fue saludado por una descarga de los cañones; otras salvas resonaron al Sanctus, a la Elevación, a la Bendición, y, finalmente, al Exaudiat antes de concluir el servicio con una oración por el rey. Y ¡Viva el Rey!, gritado por los bucaneros congregados.
Un desgraciado incidente oscureció un poco la serenidad de la ceremonia. Durante la Elevación, uno de los piratas adoptó una actitud inconveniente y, reprendido con aspereza por el capitán, contestó con una abominable blasfemia. Entonces, rápido como un relámpago, Daniel sacó la pistola y le rompió el cráneo, jurando por Dios hacer lo mismo con cualesquiera que faltase de respeto al sagrado Sacrificio.
El tiro había sido disparado muy cerca del sacerdote que naturalmente se mostró muy alarmado; pero el capitán, volviéndose hacia él, le dijo:
- No es nada, padre. Un bribón que acaba de faltar a su deber y al que castigué para reprenderle.
He aquí -anota Labat- un método eficaz para impedir que vuelva a repetir su falta.
Terminada la misa, el cuerpo del difunto fue arrojado al mar, y el sacerdote se vio recompensado por su sermón con varios obsequios, entre los cuales figuraba un esclavo negro...
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