jueves, 27 de enero de 2011

...Cuando algunos de mis hombres gozaban de una de las mujeres que habíase exhibido alegremente a cambio de favores, uno de los oficiales se sublevó logrando quitar un sable a uno de mis navegantes, Jacques Tavernier, hiriéndole en su brazo derecho.

Mi segundo, Michel de Grammont, lo enfrento temerariamente siendo herido también con destreza por parte del Alférez español Agustín de Ávila, quien quizás por su juventud lo arriesgaba todo por una mujer.

Saltaron  Philippe Bequel, segundo navegante del “Sables d’’ Olonne”, y Jean Bart, timonel, con sables prestos a acabar con la esgrima exhibida, y lavar la insensatez con la sangre del joven oficial hispánico, pero un silbido mío detuvo sus acciones, y al ver a mi “Sentiment” en mi diestra, retrocedieron dándome paso al combate.

No sería mayor que yo, que a la par contaba con diez y seis años, y era menor que la mayoría de mis hombres, pero más diestro con las armas y más brutal.

De Ávila no se amilanó, por el contrario me presentó el sable, un Alfanje, a la manera de lance y esperó mi aproximación. Yo veía un estilo agradable en su presentación que llamó mi atención y curiosidad, provocando mi simpatía hacia su humanidad.

El Rapier (estoque) difería de las espadas más antiguas en que no se trataba de un arma militar, sino de uso civil. Tanto el Rapier como la Schiavona italiana desarrollaron la cruz en forma de cesta para proteger la mano. La mayoría de los hombres ricos y oficiales militares portaban una.

Alfanje era un término castellano que provenía del árabe hispánico al-janyar, que significaba 'el puñal', y designaba una espada de hoja ancha y curva, con filo en un sólo lado (o contrafilo en su último tercio) que durante la Edad Media y aun todavía se empleaba en la Península Ibérica, buena parte del Mediterráneo y sobre todo en Italia. En castellano vulgar antiguo también se le conocía como "terciado".

Todo esto pasó por mi mente en segundos, mientras de Ávila me escudriñaba con curiosidad pero sin miedo. Podía verlo en sus ojos. Me veía en él. Y así, lo ataqué con estocada directa, luego de haber presentado mi espada, tal cual hubiera hecho él.

La voz de Labat en el Castillo de Clos seguía en mi mente: El lapso de tiempo transcurrido entre la extensión del brazo y el fondo debe ser mínimo, para evitar un ataque sobre la preparación por parte del adversario, ya que anticipa al rival la ejecución de un ataque.

El pie de adelante inicia su fase de lanzamiento levantando la punta del pie y no con el pie plano o levantando el talón, ya que esto último produce una gran elevación de la pierna y su salida se hace en dos tiempos.

La salida de las piernas no debe anticipar la salida del brazo, porque se posibilita la salida del adversario en contraataque. El pie de adelante debe caer apoyándose con el talón y no caer con la planta o punta del pie ya que no frena el fondo.

El pie de atrás debe permanecer lo más plano en el piso para tener un buen punto de apoyo y por tanto dar impulso, aceleración y equilibrio.

Cuando finaliza el fondo, el tronco debe permanecer lo más cerca de la vertical.

Después de realizar el fondo, el regreso a la guardia se puede hacer hacia adelante o hacia atrás.

 Por supuesto, el regreso de mi guardia era agresivo, hacia adelante sin dar tiempo a réplica. De Ávila utilizaba su capa con la mano y el brazo izquierdo para parar y protegerse como un escudo, típico de la escuela española del siglo XVI. Tras cruces de espadas innumerables y fulminantes, realicé una flecha, una extensión del brazo seguido de un desequilibrio del cuerpo hasta tocar al adversario. Lo hice hiriendo su mano derecha, que dejó caer su Alfanje con la empuñadura ensangrentada.

Mis hombres no lo podían creer. Me habían vista acabar con más de un centenar de enemigos cuerpo a cuerpo en las distintas batallas que habíamos peleado, sin contar los fenecidos a tiros de pistola que casi igualaban la cifra anterior, y he ahí yo, mostrando compasión por un igual.

De Ávila sacó un pañuelo que cargaba en su casaca, y se ató la herida tan rápidamente, como levantó el al-janyar del arenal con su siniestra. Me volvió a presentar su sable, ante mi mirada de asombro por tan arrojado contrincante. Qué decir de mis semejantes, boucaniers compatriotas en su mayoría, que jamás habían presenciado tal espectáculo. Incluso el Almirante Morgan se había acercado a ver el lance. Los ingleses corsarios ya apostaban a mi favor, por la muerte del Alférez.

Devolví la presentación con mi “Sentiment”, y sin esperar su postura, realicé una Balestra. Desde la guardia desplacé el pie avanzado; como en el paso adelante, el pie de atrás recuperó la distancia, aterrizando de forma simultánea con el pie de adelante.

Estos movimientos estuvieron interrelacionados con el fondo, que se inició con el pie de adelante e inmediatamente el pie de atrás hizo contacto con el piso.

Con destreza de su parte, de Ávila entrecruzó su espada infinidad de veces, pero retrocediendo constantemente ante mi inusitada habilidad. Ya no tenía manera de usar su capa como defensa. Fue entonces que decidí terminar tan peligroso juego de mi parte, y, muy a pesar de mis pares ingleses, me comporté como buen francés en contra de sus apuestas, y realicé un Salto, consistente en un desplazamiento simultáneo de los pies hacia adelante realizándolo con el impulso sincrónico de ambos pies, pero aterrizando juntamente en los dos pies, teniendo equilibrio y manteniendo las piernas flexionadas.

La estocada imitó mi anterior, obligándolo a dejar caer el Alfanje por segunda vez de manera ensangrentada. Inmediatamente apoyé la punta de mi “Sentiment” a la altura de su corazón, y el Alférez alzó sus manos en señal de rendición. Mis compañeros esperaban una estocada final, y su muerte; pero en cambio, baje mi espada y la enfundé mientras lo abrazaba lateralmente preguntándole por los nombres de sus maestros de esgrima, mientras yo mismo le vendaba su mano izquierda con mi propio pañuelo al que empape de ron, ofrecido de una botella que me alcanzaba mi segundo, primer oficial Michel de Grammont...

...La historia del capitán Daniel, conocido pirata, viéndose escaso de víveres, fondeó cierta noche frente a las Santas, grupo de pequeñas islas al sur de La Española. Fue desembarcada una tropa, la cual se apoderó, sin encontrar resistencia, de la parroquia. El cura y toda su servidumbre fueron llevados a bordo del barco pirata, mientras cada rincón de su casa se registraba en busca de vino, aguardiente y gallinas. Durante esta operación se le ocurrió al capitán Daniel que el tiempo estaría bien empleado diciendo misa a bordo en provecho espiritual de la tripulación.
El pobre sacerdote no osó rehusar, de suerte que mandaron a buscar los receptáculos sagrados y se improvisó un altar en la toldilla, debajo de una tienda. El principio de la misa fue saludado por una descarga de los cañones; otras salvas resonaron al Sanctus, a la Elevación, a la Bendición, y, finalmente, al Exaudiat antes de concluir el servicio con una oración por el rey. Y ¡Viva el Rey!, gritado por los bucaneros congregados.
Un desgraciado incidente oscureció un poco la serenidad de la ceremonia. Durante la Elevación, uno de los piratas adoptó una actitud inconveniente y, reprendido con aspereza por el capitán, contestó con una abominable blasfemia. Entonces, rápido como un relámpago, Daniel sacó la pistola y le rompió el cráneo, jurando por Dios hacer lo mismo con cualesquiera que faltase de respeto al sagrado Sacrificio.
El tiro había sido disparado muy cerca del sacerdote que naturalmente se mostró muy alarmado; pero el capitán, volviéndose hacia él, le dijo:
- No es nada, padre. Un bribón que acaba de faltar a su deber y al que castigué para reprenderle.
He aquí -anota Labat- un método eficaz para impedir que vuelva a repetir su falta.
Terminada la misa, el cuerpo del difunto fue arrojado al mar, y el sacerdote se vio recompensado por su sermón con varios obsequios, entre los cuales figuraba un esclavo negro...
...Camino Real de Los Españoles en el Cerro El Ávila
Es el camino a través del cual los conquistadores españoles llegaron desde la Guaira al Valle de Santiago de León de Caracas y que se utilizó durante siglos como la única vía de comunicación entre el puerto y la ciudad. Recibe muchos nombres como por ejemplo ‘Camino a Caracas’, ‘Camino a la Mar’, ‘Camino al Puerto de San Pedro de la Guaira’, ‘Camino Real’ o ‘Camino Viejo’.
No deja de ser una travesía llena de misterio ya que la tradición se ha ocupado de transmitir leyendas de espantos y aparecidos que tienen a los gruesos muros como sus principales testigos.
En esta foto se pueden ver las apariciones de dos monjes, una monja, y dos novicias en el centro de lo que podríamos llamar la pista del fuerte, con un matorral de fondo. Hay incluso otros espectros...

El Tesoro del Capitán Daniel (Montbars) en Venezuela

«Las relaciones de sucesos» ocasionales, popularizadas desde mediados del siglo XVI y que viven su auge entre finales del XVI y del XVII pese a haber sido el género literario más «popular» y accesible de la época, las «relaciones» no han despertado el interés de la historiografía española hasta fechas recientes, coincidiendo con el éxito de la historia socio-cultural y de las mentalidades. Su uso es todavía incipiente para el estudio de la política por lo poco fiable de sus datos; sin embargo, se presta mejor para reconstruir el pensamiento y la opinión pública. Queda mucho por conocer e investigar de estos textos, aún sin catalogar completamente y de los que siguen apareciendo nuevos ejemplares, porque fueron obras de consumo inmediato y baja calidad, despreciadas en las grandes bibliotecas.
 Por «relaciones de sucesos» se entienden documentos que narran un acontecimiento ocurrido o, en algunas ocasiones, inventado (pero verosímil), con el fin de informar, entretener y conmover al público -bien sea lector u oyente-. Tratan de muy diversos temas: acontecimientos histórico-políticos (guerras, autos de fe...), sucesos monárquicos, fiestas religiosas o cortesanas, viajes, sucesos extraordinarios como catástrofes naturales, milagros, desgracias personales... »
Haber encontrado unas cartas de un pirata de la época de la colonia en el viejo camino de los españoles del Ávila en mis correrías de scout en los años sesenta, luego de no hallar ni el tesoro, ni de haber hecho uso de las cartas como documento histórico cultural de la ciudad capital, Caracas, por razones de secrecía, perdidas a lo largo del tiempo al haber sido sustraídas de mi peculio de manera furtiva poco antes de mi partida de esa ciudad en 1973, decidí develar lo que ha sido quizás mi más grande secreto hasta ahora, y reconstruir la actuación de un personaje que llevaba mi nombre como apellido, antes que mis neuronas dejen de funcionar correctamente por falta de oxigenación y la edad.
Por ser una relación de sucesos, una crónica, narración épica, un cuento, no se incluyen referencias bibliográficas, para seguir el género ficcional y la verosimilitud científica; pero en cambio, un investigador historiográfico encontrará que todos los personajes y sus peripecias son susceptibles de ser encontrados en los lugares y momentos que en la narrativa se mencionan. Quiera Dios que el tesoro sea encontrado por alguien, y así haya descanso para las almas atadas al mismo, así como le otorgue a ese alguno la fama riqueza y fortuna que no pude lograr por ese medio.
Como en buena parte de las epopeyas o mitos heroicos, el periplo y la batalla son los escenarios predilectos en que el héroe se desempeña. Allí hacen presencia los amigos, las malas compañías, las tentaciones y los avatares del clima que en algunos momentos parecerían ser más fuertes que aquel héroe, quien pese a las innumerables adversidades que enfrenta desde el momento en el cual sale de casa, consigue el anhelado triunfo. Pero con éste no acaba la epopeya, pues de regreso surgen nuevos obstáculos. Sin embargo, éstos son sobrepasados con valor y finalmente se produce el retorno a la patria.
En contra de lo que muchos piensan, la realización de un estudio en torno a la forma, no necesariamente implica el rechazo hacia aquellos trabajos que se ocupan del contenido. Es sencillamente una propuesta distinta de aproximación a los textos, que producto del desconocimiento, ha encontrado pocos adeptos entre los historiadores americanos, que con contadas excepciones, se han mostrado más bien renuentes a la aceptación de sus aportes. Así pues, aunque parezca curioso que en pleno siglo XVIII un capitán  “boucanier” francés escribiera una relación que “…trata de apegarse a la narración de los hechos acaecidos”, la influencia ejercida por el Arte Poética de Boileau y el arbitrio de la corona, explican el ahínco que puso el bucanero al representarse como un marinero de la antigüedad, que mediante una gran osadía buscaba sumarse a la trina de Teseo, Odiseo y Jasón.
Ejercicios como el presente, podrían ayudar a demostrar que en el seno de ésta corriente, no hay más que una preocupación legítima por la génesis del pensamiento a partir del lenguaje. ¿Acaso no hace esto parte de la Historia? Es cierto que el estudio de lo acaecido, además de las facilidades que el análisis discursivo proporciona al trabajo hermenéutico, permite una comprensión de la historia y sobre todo de la historiografía, más tendiente al holismo. No obstante, una aproximación meramente “formalista”, no necesariamente relativiza el valor cognitivo de las labores historiográficas y de ser así, hace falta darse a la tarea de demostrarlo en la práctica.                                                                                                                                      
                                                        Prof. Daniel Urbina
P.S. Revisado el texto creo conveniente enunciar que hay una  mezcla de la narrativa tanto del Señor de Clos, como mía, producto quizás de la dificultad de interpretación de la copia del manuscrito.